26 avr. 2010

Clunia Sulpicia - ciudad romana en Castilla la Vieja

Post n. 3 de Rodando por Castilla la Vieja:

La ciudad romana de Clunia Sulpicia toma su nombre de la tribu prerromana de los arévacos y del general romano Sulpicio Galba quien se autotituló emperador en el momento de la crisis del gobierno de Nerón. El sitio, acolinado, con vista de los valles ondulados del Duero es una belleza. El mosaico de la crátera perfectamente conservado y la piedra falópida también. El mismo motivo se repite por la otra cara pero dado la dimensión estimo que con uno bastará. Las termas bajando el sitio arqueológico y el teatro en las afueras de la ciudad aprovechando la gradación natural del terreno.







Foto tomado por Lazarito Chávez.

Coruña del Conde - Castilla la Vieja

Post n. 2 de Castilla la Vieja.

De Peñaranda de Duero a Coruña del Conde, un pueblo dormido de la ribera del Duero. Hermoso puente romanánico, la Iglesia de San Martín de Tours, la entrada del pueblo es un arco encajonado y un personaje célebre: Diego Marín Aguilera, quien en 1793 se convirtió en aviador. Para ello inventó un artefacto y lo llenó de plumas de gallina, gallos, patos, etc. e intentó lanzarse de cerros y colinas, pero el pueblo siempre casto e ignorante vio con malos ojos aquellos experiñentos y le desbarató el artefacto. Allá abajo pongo el monumento que el pueblo le dedica y en la colina de las ruinas del castillo una avioneta en recordación:







Peñaranda de Duero - Castilla la Vieja

Por aquí empezó este viaje por Castilla la Vieja, la castiza. Una tierra prodigiosa y de una vetustez a flor de piedra. Durante mucho tiempo el Duero era la frontera entre el mundo cristiano y los reinos árabes. De ello da fe el Castillo de Peñaranda de Duero y su posición estratégica de la que toma nombre.

El Castillo del siglo X, construido por el Conde Fernán González de Castilla para defender las fronteras del mundo cristiano con el mundo musulmán:




Peñaranda de Duero vista desde el Castillo:




Plaza Mayor de Peñaranda de Duero:


La colegiata Santa Ana, 1540, vista desde el Castillo medieval y desde la Plaza Mayor:




Palacio de Zúñiga y Avellaneda, siglo XVI, Aranda de Duero.

25 avr. 2010

El Piemonte italiano / En El Nuevo Herald

Hoy escribo en El Nuevo Herald sobre el Piemonte italiano, durante mi viaje de fin de año. Leer aquí:
El Piemonte italiano / El Nuevo Herald

21 avr. 2010

Una reseña de Félix J. Hernández

Mariel / Cuba.

Una reseña del académico y periodista cubano establecido en París Félix J. Hernández sobre el dossier que presentó este mes Le Monde Magazine sobre el éxodo del Mariel. La reseña puede leerse con imágenes en las páginas donde escribe el autor:

La grande evasión de Cuba (por Félix J. Hernández)
París, 18 de abril de 2010.

Querida Ofelia,

Le Monde Magazine, suplemento semanal del famoso periódico francés de centro izquierda, dedicó seis páginas a los éxodos desde nuestra Patria, bajo el título de: "Cuba, la grande évasion".

Se reproducen dos artículos muy interesantes escritos por Francis Pisani. El primero bajo el título de “Un momento de emoción revolucionaria”, que fue publicado por Le Monde el 22 de abril de 1980. Está ilustrado con una foto de "las masas enardecidas" desfilando con carteles y banderas frente a la embajada de Perú en La Habana. Su leyenda es: "Desfile ¡Qué se vayan!, los homosexuales, los delincuentes, las 'escorias' de la sociedad, gritan los cubanos pro Castro".

El segundo artículo de Francis Pisani fue publicado en Le Monde el 29 de abril de 1980 con el título: "En Mariel, todas las esperanzas están permitidas".Junto al interesante análisis del éxodo cubano aparece una foto de Al Pacino. La leyenda de la foto es: "Símbolo en Scarface, de Brian de Palma, Al Pacino encarna a Tony Montana, joven cubano emigrado a los U.S.A. junto a otros exiliados desde Mariel y delincuente ambicioso, sin escrúpulos. Él representa, en conformidad con la propaganda castrista, la imagen negativa de los marielitos".

Las fotos son impresionantes. En una, tomada en un camaronero, se puede ver a una familia con el siguiente pie: "Esperanza. El 2 de mayo de 1980, unos refugiados cubanos abandonan su isla, en dirección de Key West y la costa americana. En total fueron 3000 los barcos fletados por los EE.UU. para transportar a los candidatos al exilio”.

Otra foto muestra el jardín de la Embajada de Perú en Miramar repleta de cubanos, con la siguiente leyenda: “Asalto. Inicios de abril de 1980. Diez mil emigrantes potenciales invadieron la embajada de Perú, después de que Castro retiró a los guardias de la representación peruana, abriendo así la vía al éxodo”.

Es interesante una hoja que se les entregaba a los cubanos al tocar suelo americano provenientes del puerto de Mariel, en la que aparecen las banderas de los EE.UU. y Cuba con un párrafo en español y su traducción al inglés. Te lo reproduzco: “A los refugiados cubanos. Esta gran Nación les ha brindado la oportunidad de una nueva vida, libertad amplia y plena, seguridad y garantías a una vida de orden y paz, así como brindarles oportunidad de un nuevo renacer y consideración como persona. Con todos los derechos humanos inalienables ante Dios y los hombres”.

En otra foto aparecen cientos de personas en un hangar gigantesco lleno de catres. La leyenda es: “Espera. A su llegada a Key West, Florida, los refugiados cubanos fueron temporalmente instalados en un hangar de hidroaviones”.

La página dedicada a “1959-2010: medio siglo de emigración cubana”, divide en cinco etapas ese proceso del éxodo de los cubanos y de refugio en los EE.UU. Cada una está muy bien explicada, con el tipo de población cubana, según su origen socioeconómico y político.

-1959-1962: El exilio dorado.

-1965: Los refugiados de Camarioca. Una foto representa a un soldado americano que acoge a una señora con una niña en bazos.

-1965-1973: Los vuelos de la Libertad. Se ve una foto de un avión de la Pan American al llegar a Miami desde Varadero.

-1994: Los balseros. Se puede ver el Malecón habanero repleto de curiosos que observan a un grupo de personas que se lanza al mar en una rudimentaria balsa

-Después de 1994: Los tiempos de la regularización.

Como bibliografía se recomienda a los lectores:

-Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, Ed. Actes Sud.
-Un cubano libre, Reinaldo Arenas, Liliane Hasson, Ed. Actes Sud.
-Y la noche cayó: de la revolución victoriosa a las cárceles cubanas. Huber Matos, Ed. Les Belles Lettres.
Cuba: el fracaso de una utopía, Olivier Languepin, Ed. Folio actuel.

Como Le Monde es leído por la élite intelectual gala de izquierda, imagino como estarán los “compañeros” castristas de enfadados. Y así van las cosas por estos lares.

Un gran abrazo,
Félix José Hernández.

20 avr. 2010

Le Parc Monceau à Paris

N° 4 de la serie Varado en Paris

Qui aurait cru que j'allais me promener (tourner en rond plutôt) à nouveau à travers les allées du Parc Monceau, à Paris! Conçu en partie par le Duc de Chartres, le parc fut confisqué par la Révolution pour devenir propriété des Orléans durant la Restauration, puis finir dans les mains de l'Etat à la fin du XIX siècle. La construction de très beaux hôtels particuliers aux alentours pendant la fin du XIX finit par retrecir pas mal la taille du parc ancien. Dès nos jours voici tout ce qui reste:

Le printemps commence à se réveiller.
La pyramide est la seule des folies entreprises par le Duc de Chartres encore visible.
La colonnade et l'étang. Il y a des gens tellement bêtes qu'ils arrivent avec de morceaux de baguettes vieillies pour donner à manger aux canards. Or, ceux derniers sont tellement gavés qu'ils ne regardent même pas les morceaux de pains flottant dans ces eaux déjà troubles, où ils resteront donnant ainsi une image pitoyable de l'ensemble / Parc Monceau.
La colonnade du Parc Monceau.
Un hommage à Guy de Maupassant.
L'eau est toujours source de paix dans la conception des jardins. Celle du petit canal du Parc Monceau me semble qu'elle devrait être changée: je la trouve un peu sale.
Agrémenté de fantaisies romantiques. Un lac par ci, un petit pont et une cascade par là... / Parc Monceau.
Un hommage à Gounod / Parc Monceau.
Ce petit chalet en bois on dirait que c'est la maison du gardien du parc / J'ignore tout à fait sa fonction / Parc Monceau.
Ca platane magnifique a 170 ans. Il paraît que c'est le plus vieux de Paris / Parc Monceau.
Une pespective depuis la grille jusqu'à l'Arc de Triomphe / Parc Monceau..

19 avr. 2010

Jean-François Rauzier, en Boulogne-Billancourt

N° 2 de la serie Varado en París

Hacía siglos que no iba a Boulogne-Billancourt. Un amigo tuvo la brillante idea de proponérmelo y en un domingo soleado llegamos a esta municipalidad limítrofe con París. En el edificio del Espacio Landowski, la sublime exposición de fotografías Outremondes de quien seguramente debe ser uno de los mejores fotógrafos franceses vivos: Jean-François Rauzier (nacido en 1952). Absolutamente sublime. Fotografías de recomposición poética estética e inteligente que inspiran reflexión envuelta de interrogantes y mucho misterio. Parece que en Nueva York se lo arrebatan, pero nosotros aquí, en el eterno atraso de fabricar exquisiteces para la exportación, ni nos damos cuenta de lo que tenemos y seguimos hablando de Cartier-Bresson y Doisneau invirtiendo siempre, por pura pendejada y falta radical de energía vital, en les valeurs sures. Versailles, Dédale (Opera Garnier), Venecia, De père à fils, Erzebet, etc... una maravilla.





18 avr. 2010

Cernuschi, el té Sakura, el volcán... varado en París

N° 1 de la serie Varado en París

A estas alturas ya debía estar empezando mi viaje de primavera. Como todo el mundo sabe un volcán de impronunciable nombre islandés tiene a media Europa quieta. Nada es imprescindible y ya se calmará el monstruo. Despegaré en cuanto se pueda. Mientras, no queda otra que esperar y tratar de descubrir en París (cosa difícil 20 años después) algunos sitios desconocidos o repetir otros ya visitados. Así llegué al Museo Cernuschi, en la Avenue Velazquez frontera con el Monceau, obra de un filántropo italiano naturalizado francés al que le dio por las chinoiseries. Reconozco que nunca he sido dado a las artes del Extremo Oriente y que el mundo se me para en el río Ganges, más o menos como sucedió con Alejandro Magno. Pero cada cual come mierda a su manera y a Henri Cernuschi (en italiano Enrico), nacido en Milán en 1821 y muerto en la Riviera Francesa en 1896, banquero, economista y periodista, le dio por reunir estos objetos que luego, al morir, cedió al Estado francés. Ahí dejó el palacete (donde al parecer se dio el primer baile de disfraces con luz eléctrica en la capital francesa), algunas piezas y algo de la exposición de cerámica y porcelana japonesa Edo que hay en estos momentos. Como explican una serie de detalles con respecto a la ceremonia del té nipona (wabicha) y otros temas (por desidia internética le tiré la foto a la banda explicativa y va en coche).







15 avr. 2010

Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez


"Variedades de Galiano" o el diaporama de la memoria fragmentada
William Navarrete

Como una espeleóloga – más que arqueóloga –, a hachazos contra malezas en forma de brumas, contra zonas boscosas de la memoria que de tan visibles cuesta adentrarse en ellas, Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) traza en su libro Variedades de Galiano, un mapa que, para quienes no viven la cotidianeidad de su ciudad, pueden creer que lo delineado por la autora equivale a aquellos grabados fantasiosos holandeses del siglo XVII, en que La Habana aparece en medio de una jungla de bestias de otras latitudes. Y su centinela, el Castillo del Morro, se yergue inalcanzable en la otra orilla como aquellas fortalezas almenadas de Transilvania o de Baviera.

Esa cartografía-diario de la ciudad tiene aristas que gimen y fronteras para las que resultan inútiles las guías, los pasaportes e incluso las visas. Aristas que sólo pueden verse cuando sabemos que vamos a amanecer en ese tejido ya más "humano" que urbano. Fronteras que se impone el habitante a sí mismo, ya sea para evitar aquella dolorosa esquina risueña de otros tiempos, o para esquivar aquella otra en que las manzanas se vuelven guadañas con huecos asesinos, los balcones guillotinas de rápido vuelo y las paredes avanzan impetuosas sobre las cabezas como el gigantesco muro de agua que traería consigo una tsunami. Aristas y fronteras que cercan al caminante, le tienden trampas y hacen que la ciudad bulla aunque nunca en el sentido en que bullir suele asociarse a los conglomerados urbanos en plena y favorable mutación o efervescencia.

Mapa de constantes relieves, físicos y espirituales, lo que queda de la ciudad se va desvistiendo, ya sin pudor, para que pueda el lector hurgar en cada capa que ha sepultado progresivamente a la precedente. A veces, en un mismo segmento de calle (como en esa en que otros tiempos exhibía al prestigioso Sloopy Bar), coinciden tres tiempos: el de los mayores de hoy, el de la niña que escribe cinco décadas después sentada (imaginariamente) en una banqueta giratoria de la barra de ése (u otro) bar y el de los fantasmas de nuestro tiempo que conservan fragmentos dispersos de la memoria que voluntariamente, por razones diversas, se han ido borrando. Capas que caen como hachazos violentos y sostenidos. Responsables no sólo de la desaparición de la hermosa barra de aquel bar (del que ni siquiera la niña alcanzó a ver un trozo), sino de la amnesia de cada uno (o de casi todos) sus habitantes.

Reina María Rodríguez escribe desde el mismísimo epicentro del cataclismo. No lanza plegarias ni llantos para una salvación que sabe improbable. Ni siquiera se viste de mártir que exhibiría con orgullo su corona de espinas (aunque como lectores lejanos nos quedemos boquiabiertos con tanta herida), ni se soterra protegida por montañas de papeles cerrando a cal y canto su puerta. La autora – de abundante y laureada poesía – es en este libro una guía que nos lleva con cuidado para que el inevitable tropezón no nos escayole el andar entre las ruinas.

Digamos que al leerla nos sentimos como el forastero que en medio de una tribu hostil y ajena encuentra al único individuo que habla su propia lengua. De este modo, consciente de que no necesita crear efectos ni sobresaltos – la ciudad los cultiva en demasía –, nos dosifica su mal rato del día a día, tratando de sacar de la piedra carcomida y del gesto huraño y brusco del vecino alguna dulzura hecha palabra para entender, en medio de tanta confusa peripecia, la dimensión humana a tientas por uno de los múltiples avatares del hombre.

Trazos discontinuos para cada uno de quienes hemos transitado por ese mapa. Al entrar en el Tent Cents de mutaciones (nunca para mejor) cíclicas, al protegernos del sol en el soportal de la tienda Fin de Siglo, al prohibirnos la entrada en un hotel o introducirnos en él para ser obervados por los que quedan afuera como si fuéramos marcianos o al atravernos a volver sobre nuestros pasos bajo los laureles del Prado, nos detenemos en seco, cerramos el libro, navegamos contra las marejadas del olvido en nuestras mentes y sabemos que luchamos contra velos, a veces muy espesos, para obtener imágenes difusas que nuestra memoria selectiva saca como una prenda que sólo recordaríamos si nos viéramos con ella puesta en una vieja fotografía.

Ese viaje ingrato que Reina María Rodríguez – guía involuntaria pero también imprescindible, a través de las tembladeras de nuestro pasado y del presente de los que atrapados quedaron entre esas manzanas –, explora con agudeza, más allá del derrumbe evidente. Su texto denota una humanidad de la que ella es, sin dudas, el exponente más grato. La agudeza hace de la autora la arquitecta espiritual del Gran Cuadrilátero que cercan el mar y las arterias del Prado, Belascoaín y Reina. Un cuadrilátero que, atravesado como daga incandescente por el leitmotiv nombrado "Galiano", recorrió en otras dimensiones ¡hace ya 50, 40, años!, también superpuestas y bajo el martelar de similares martillazos, José Lezama Lima, prisionero de la misma deriva. Telaraña de hombres, cal y maderos triturados. Para Reina el fin de su mundo es proporcional a lo que para Lezama significó el cierre de muchas compuertas.

A Lezama y a Reina María Rodríguez les correspondió, por designios misteriosos, ser parte de esos andamios que vemos en algunas de las fotografías de Alejandro Pérez Álvarez que acompañan las páginas de Variedades de Galiano. Les tocó sacar la instantánea que les quitó el sueño. Por último, asumieron el difícil papel de revelarla, para mostrarnos hasta qué punto se es poeta, aún cuando un tridente invisible hinque el alma al doblar de cada verso. Les toca, asimismo, exponer la página al viento, entre gentes que hacen (o fingen hacer) conitos de papel con sus hojas para llenarlas de maní y pregonarlas según arrecie el hambre o se mueva la veleta de los vientos.

No creo que pueda en la exigua territorialidad de ese Gran Cuadrilátero abarcar cada una de las historias que hacen de Variedades de Galiano un sostén de la memoria para miles de voces interiores de la ciudad. Si cupiera alguna imagen poética a semejante descalabro evocaría la de un tablero de ajedrez y piezas desordenas, un juego en que nadie respeta (ni acata) las estrictas reglas de este lúdico pasatiempo. En medio del amasijo caótico de este escaque y sus fichas, una pieza – la poeta, ¿la Reina? – es la cronista del simulacro de una batalla en que enemigos son todos aunque pertenezcan al mismo color y bando.

Reina María Rodríguez me trajo a París Variedades de Galiano, de indefinible género y vastísima geografía, como se trae de un viaje un cuento filmado, un testimonio en que por cortesía se ha eliminado la escena de la muerte grotesca de algún personaje: un largo poema a la usanza de aquellas heroicas epopeyas de guerreros espartanos, pero tan cerca del entierro que no logramos endiosar ni mitificar el escenario del combate.

Asisto a sus imágenes como quien mira un diaporama de épocas remotas que sólo la habilidad de un autor pueden reconstruir y ofrecer. El diaporama de Reina – en una ciudad en donde las lunetas se confunden con los leños de un fuego inútil y los edificios de desmanteladas gradas –, es la hendija por donde se filtra, fragmentada, la única luz que no escapa del foco artificial de las linternas.

12 avr. 2010

Ajami, una tremenda película israelí

Ajami, un film israélien de Scandar Copti et Yaron Shani, 2009 dans les cinémas de Paris.

Como se dice en francés: époustuflante! Qué peliculaza! Ajami con un reparto formidable de actores israelíes y palestinos es la mejor película que he visto en 2010. De una inteligencia sin medida, una estructura genial, unas actuaciones que tal parece que vivimos en la terrible cotidianeidad de esas gentes de Tierra Santa. Para volverse loco. Extremadamente humana, extremadamente equilibrada, extremadamente buena. Sin discursitos pacotilleros, nacionalistas, faciloides, como son todos los discursos de las extremas de uno y otro lado, porque como se sabe el discursito de las extremas (ya sean progres o antiprogres a ultranza) son idénticos, se tocan en sus extremos y provienen, en general, de cerebrillos que estan gastados como ciruelones secos a fuerza de repetir sin pensar, o a fuerza de llevar vidas miserables que sólo sirven para desear la destrucción de todo pues lo que se desea en realidad, cuando se enfrentan a la negrura de sus propias vidas, es la autodestrucción.
Y no dejo de sentirme dichoso de vivir en una ciudad excepcional donde una película como esta se proyecta en el circuito de cines comerciales de la misma. El que no pueda verla en cine que la alquile, pero que no se pierda ni un minuto.